martes, 3 de noviembre de 2015

Continúa Mensajes para un gran amor ( capitulo 6)



CAPITULO VI

SIN REMORDIMIENTOS
(segunda parte)

Sor Inés realizó su rutina de obligaciones y regresó a su cuarto, para continuar con la lectura del diario. Pensaba encontrar en las páginas esa confesión que tanto necesitaba su amiga Teresa o al menos una señal, de que su abuela, fue hija extramatrimonial de Benito. Quizás, un testimonio de haber contratado como niñera a su amante.
Los siguientes párrafos trataban sobre las acciones de don Benito siendo parte de un grupo de intelectuales, los cuales, habían donado dinero para fundar el periódico local. El director de éste nuevo medio gráfico era esposo de una mujer, que en ese momento, a Benito le interesaba conquistar. Se las había ingeniado para mantener ocupado a dicho esposo, ofreciéndole importantes contactos en la capital. De esta forma, su ingenuo rival, estaba obligado a viajar varias veces en el mes, obteniendo Molinari espacio libre para su cortejo.
Benito describía aquella mujer como una dama exquisita, inteligente y con aires aristocráticos. Admiraba sus ideales sociales, que ella exponía al escribir su columna para el periódico. Molinari estaba deslumbrado por el intelecto de esa mujer. Una mujer con ambiciones bastante similares a las de Benito. Escalar  posiciones sociales, lograr cierto grado de poder y destacar políticamente. Era toda una capitalista.

 De ella escribió:
                                                                                                                             
“... Alba es la mujer más inteligente que he conocido. Mejor tenerla como aliada. Es increíble, verla  casada con alguien como Roberto.Un hombre simple, minúsculo  y con tan poco carácter...”

Más adelante, Molinari, describía  sus encuentros amorosos en la casa de su admirada señora. Gracias al espíritu ambicioso de Alba, fácilmente había logrado impresionarla.  Era un hombre con influencias en el pueblo y el socio mayor del periódico, esos atributos, los utilizó para conquistarla. Y logró complacerse varias noches bajo sus sábanas. Pero el  autor, de esas ardientes líneas en el diario, se cansó después de unos cuantos meses. Declaraba en las siguientes páginas como se sentía aburrido de su amante. Alba buscaba formalizar la relación y hasta le había propuesto matar a su esposo.

La atracción no duró mucho tiempo, respecto al rompimiento con su  amante, exponía su disgusto:

 “... tuve que otorgarle el diario al infeliz de Roberto. Su mujer es muy astuta. Alba es un ser frío cuando se trata del dinero .No importa. Cediendo mis acciones, por fin me la quitaré de encima. Podré ocuparme de otros asuntos que me atraen mucho más.”


-Parece que su juego no le salió del todo bien- pensó Sor Inés –no es un castigo por adulterio, pero estuvo cerca. No hay muestras de remordimiento por nada de lo que hacia. Hasta ahora veo claras  muestras de un ser egoísta.

El interés de Benito por Alba se esfumó y dejó de escribir sobre ella. En cambio, comenzó a dedicar líneas a lo impresionado que estaba del rápido crecimiento de cierta, hermosa niña, hija de un amigo. Era su nuevo objetivo.

-¡Este hombre no tenia escrúpulos!- dijo la religiosa, persignándose- Pensar que era un benefactor de este convento y decían que nunca faltaba a misa.

Ojeó un poco más el diario. Se detuvo dónde narraba detalles del cumpleaños número dieciséis de Dalila. Contaba que lo había organizado completamente Rita y su madre, siguiendo las indicaciones de Dalila. Al parecer, Ester y Ofelia, quisieron ocuparse pero terminaron peleando con la agasajada.
El padre escribió en su diario, que el evento se hizo al aire libre por la tarde y con una exhibición de cuadros de la cumpleañera. Ester había querido hacerlo en un elegante salón. Dalila se había opuesto. Como resultado no habló con su hermana hasta el día de la fiesta.

“...Dalila es una excelente pintora los cuadros que realizo de su hermana son increíblemente bellos. Ester quedo fascinada y le dio  un gran abrazo a Dalila...”

- Ya  era una virtuosa mujercita-reflexionó Inés- ¿Pero qué pasó?, para que se produjera un cambio tan radical en ella. Su padre era un mujeriego ¿Se habrá enterado de alguna aventura de don Molinari?

La religiosa notó, mientras leía, que pocas veces mencionaba a  Sandrina, la madre de Rita y abuela de Teresa. Se refería a ella de la misma forma que sobre Nicoletta, la encargada de la cocina. Ambas mujeres eran las responsables del cuidado de sus hijas.
Eso sí, según describía el viejo Molinari, Rita era tratada como una integrante de la familia. Almorzaba en la mesa principal. Y estudiaba en el  mismo colegio que Dalila, por eso eran muy unidas las dos.


“...Decidí llevar mis hijas a pasar varios días junto al mar. No iban desde que eran pequeñas, todavía se acordaban cuanto se habían divertido aquella vez.
Los negocios me abruman, no son vacaciones para mí. Lucio vino para que podamos terminar todos los contratos. Ese hombre tiene mucha paciencia, Ester y Dalila, lo tienen de aquí para allá. Es mejor para mí, no les tengo tanta paciencia. Prefiero pasar mis tardes conversando con Ofelia. Claramente ha dejado de ser una niña...”








-¡Todo un viejo verde!- exclamó la religiosa y otra vez se persignó.

Sor Inés trató de sacar cuentas por las fechas del diario, de la edad de las chicas: Dalila  ya tendría dieciséis, Ester dieciocho años y la misma edad sería la de esa otra jovencita amiga de ella.
 El mar de entonces, es el retratado en uno de los murales de la habitación de Dalila.

-Los recuerdos de sus vacaciones durante su niñez. Eso representan las  pinturas en la pared.

 Fue la acertada conclusión de la religiosa.

Adelantó otras páginas; ahora mencionaba Benito Molinari, varias discusiones con su socio principal. Buscaban nuevos inversores, y su mano derecha, Lucio, se marchaba a Europa por un mes. A Benito el manejo de los campos le exigía toda  su atención, le pesaba su rol de padre, las actividades de sus hijas lo contrariaban. Las chicas iban desarrollando cualidades diferentes, y por ende distintos intereses, demandaban cosas nuevas con el fin de entretenerse en la mansión.
Ester se dedicó con entusiasmo a la jardinería. Don Molinari tuvo que hacer construir un invernadero. Dalila amaba la pintura, vivía escapándose con sus pinceles y telas al campo. Nadie podía controlarla siempre se levantaba al amanecer, para buscar paisajes nuevos. Apenas se asomaba el sol  ya estaba dispuesta para dedicarse a sus cuadros.
El progenitor se quejaba de su soledad en el comedor. Nunca aparecía, alguna de sus dos hijas, a la hora del almuerzo. Sor Inés se imaginaba la situación.

-Es propio de la edad que tenían las niñas. Habían crecido. No habrá sido fácil para un padre soltero educarlas. Sobre todo siendo un padre que también tenia sus propios gustos e intereses y disfrutaba una vida de soltero rico.

 La religiosa recordaba que siempre se lo describió como un hombre elegante y  bien parecido, codiciado por todas las mujeres de la zona.
Salteó algunas páginas más y de repente notó una letra diferente. Una letra desdibujada, nerviosa, como si fuese escrita con cierta desesperación y hasta rabia:


“...Sandrina ve todo como si fuera la voluntad de Dios. Espera que todo se arregle y pase como si no fuera nada...”
“...como puede Dios darme una hija tan estúpida, tan idiota, una cualquiera en mi propia casa.
Una hija embarazada es algo que ni siquiera a Dios  podría aceptarle. Puedo destruir su obra sin ningún  remordimiento...”









Continuará ...




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