domingo, 21 de agosto de 2011

Mensajes para un gran amor (Novela) CAPITULO 1

  
   
CAPITULO I
La pequeña caja

( PRIMERA PARTE)




El sonido del tren, anunciando su llegada, provocó en la estación el mismo efecto que se obtiene al sacudir un avispero. Los lugareños, como cada mediodía, se empujaban ansiosamente por devoción al único medio de contacto con la ciudad. San Onofre, era una comunidad que todavía se mantenía lejos de la contaminación social y ambiental de las grandes urbanizaciones. Y dependía del tren, para mantener el irremediable vínculo comercial con la capital.
Ese lunes, entre los pasajeros se encontraba una muchacha. Miraba por la ventanilla intentando disimular sus nervios pero, fácilmente se percibían en sus ojos la ansiedad. Era la primera vez que salía de la gran ciudad dónde vivía, y no era un viaje de placer.  Llegar a éste pueblo significaba el logro de un esperado cambio para su vida. Un paso hacia la madurez e independencia.
Después de terminar sus estudios secundarios, y sin una carrera universitaria en su horizonte, Jacqueline había encontrado, finalmente, un empleo que le agradaba. Se trataba de una joven con veintitrés años cumplidos; no muy alta, sin sensuales curvas pero bonita; de cabello castaño claro, que siempre llevaba muy corto, un poco varonil, y le quedaba bien porque resaltaba sus lindos ojos color almendra. Sin embargo, en ese momento, su apariencia le preocupaba. Se notaba particularmente diferente a las adolescentes, que estaba viendo a través del vidrio: todas con el cabello largo y vestidos campestres. La ropa y peinado de Jacqueline contrastaban demasiado con el lugar al que arribaba. Lamentó no haber elegido una vestimenta menos moderna. No quería llamar la atención en el pueblo pero, sus botas haciendo juego con su minifalda tableada, bastante corta, en color rojo y la camisa blanca estampada con notas musicales armaban un conjunto llamativo. Nunca le había gustado ser el centro de atención, estaba segura que apenas caminase entre la gente, todos se voltearían a verla. Jacqueline suspiró profundamente se levantó de su asiento y  descendió del tren.
Y efectivamente, varios la miraron de arriba abajo sorprendidos e incluso una abuela hizo una mueca de desaprobación: «La gente de la ciudad no conoce el decoro» habrán pensado.
El nuevo empleo obligaba a  Jaqueline desenvolverse sola en cada visita a una localidad, y su primera impresión de San Onofre era estar en un lugar demasiado conservador.
Su misión consistía en entregar una encomienda, en las propias manos del destinatario. Sin importar donde estaba, tenía la responsabilidad de proteger la pequeña caja que guardaba en su bolso.
La estación realmente zumbaba como un panal, aunque era una estación de pueblo, las personas iban y venían por la plataforma sin parar, llevando y trayendo cajas. Algunos pasaban corriendo, y casi todos, esquivando los vendedores, que competían entre si ofreciendo sus productos. Jacqueline, a pesar de estar rodeada de los típicos  ruidos de una  estación central de trenes, percibía en el ambiente una forma de vida muy distinta a la ciudad.
 Un buen rato observó el ambiente a su alrededor. Si bien, en apariencia, San Onofre se presentaba como un sitio más confiable y seguro que su lugar de origen, no iba a dejar de ser precavida.

- Ahora debo encontrar quién me guíe hasta la dirección-se dijo a si misma Jacqueline.

Enseguida vio saliendo de un depósito a la persona adecuada a quién dirigirse.

-¡Buenos días hermana!-dijo tocando el hombro de la monja que había salido del depósito- ¿Podría ayudarme, por favor?

La religiosa se sobresaltó, y giró de un salto para ver quién la llamaba; ante la desconocida pestañeó un segundo y sonriendo al verificar que se trataba de una chica dijo:

- Por supuesto chiquita, ¿qué necesitas?

 A Jacqueline no le molestó en absoluto el gracioso adjetivo utilizado por ésta simpática y robusta religiosa.

- Vengo de la capital hermana, y necesito con urgencia encontrar la mansión Molinari – le informó.

La joven intuía que el apellido resultaría familiar para la monja, confiaba que en la mayoría de los pueblos todos se conocen. Y no se había  equivocado.

- Nuestro convento se ubica en tierras de los Molinari.

Entonces surgieron las correspondientes presentaciones.

- Soy la hermana Inés ¿Cómo te llamas?

-Mi nombre es Jacqueline.

- Mucho gusto Jacqueline, retiremos las cajas que me faltan y te acerco con la camioneta.-le ofreció amablemente- no es lejos enseguida llegaremos.

La monja estaba feliz de encontrarse con Jacqueline. Dios nunca deja desamparado a su rebaño, pensó Inés con gratitud.  Había venido por varias cajas con víveres para el convento lamentando no haber pedido a otra hermana que la acompañase para cargar los bultos. Pero además, otra vez , Dios le daba la oportunidad de ayudar al prójimo, y eso también la complacía. Era una cualidad propia de Sor Inés jamás negarse a todo el que le solicitaba ayuda. Y esta cualidad, a veces, la metía en problemas. Sin embargo siempre terminaba feliz de haber colaborado. Ella, ante todo, era una sierva del Señor, y cuidar de aquel que estuviera desamparado era su única labor en la Tierra.
Juntas se alejaron de la tumultuosa estación,  llevando cada una, dos cajas en los brazos. La vieja camioneta de Sor Inés esperaba estacionada en una esquina.

-Una vez a la semana, nos envían  los víveres para el convento. Aquí la gente se dedica exclusivamente a la agricultura y nuestra Iglesia fue el primer edificio del pueblo.

Le iba contando Inés a Jacqueline.

- La familia Molinari lleva muchos años establecida en San Onofre. El fallecido Don Benito Efraín Molinari era hombre muy importante prácticamente el fundador de todo lo que ves. Te gustará nuestro pueblo, estamos lejos de la vida moderna pero a cambio ,todavía se respira aire puro en San Onofre.

La camioneta, como siempre, se hizo rogar para arrancar. Inés la conocía bien; con paciencia logró al tercer intento, que su motor encendiera y se pusieron en camino.
No había una sola calle pavimentada. Todo el  trayecto transitado, eran largos caminos bordeados de árboles. El sol colaba sus rayos entre las frondosas arboledas. El lugar era fantástico para un amante de la naturaleza, y poseía  cierto aire a cuento de hadas. El verde era el color predominante en todo el paisaje. Jacqueline sentía la paz del lugar ocupar su corazón.
¿Cómo será vivir aquí? se preguntó.

 Sor Inés mientras conducía, la interrogó amablemente:

 – ¿Vienes a visitar un familiar?

 –No hermana. Yo trabajo para una pequeña empresa cuya tarea es entregar cartas o encomiendas delicadas. Sobretodo objetos importantes, que la gente tiene miedo que el correo los extravié o rompa el contenido. Para evitar esos problemas, la empresa, envía una persona exclusivamente para realizar la entrega.

Sor Inés asintió comprensiva, después de escuchar la explicación de Jacqueline.

–Buen sistema el de la empresa porque, cuando el correo pierde algo, no le interesa para nada el valor que tenga. Una vez envié tres tabletas de pastillas para la presión arterial, a mi madre y nunca las recibió. Al enterarme fui a reclamar y me dijeron:”Debió pagar un envió más caro”.

-Posiblemente, la  persona se sienta decepcionada del remitente y piense que nunca tuvieron intención de enviarle nada. No les interesa el daño emocional ante su negligencia. Nosotros aceptamos la responsabilidad de dejar, la encomienda  en las propias manos del destinatario.

Jacqueline, estaba orgullosa de formar parte de una empresa que tenia cero reclamos de los clientes.


-Se perdió y listo. Aunque la correspondencia está protegida por la Constitución Nacional, si se extravía una carta a nadie le importa. Ni ocupan su tiempo en rastrearla. En mi caso, mi hermano finalmente compró el medicamento a mi madre. Mi mamá no podía prescindir de su medicación. Después, cuando hablé por teléfono, me dijo que había pensado que mis obligaciones en el convento no me habían permitido ocuparme de su problema- recordó seriamente Inés- por supuesto, que la próxima vez, no dudaré dos veces en contratar un servicio como el de tu empresa.

La mansión apareció de pronto en todo su esplendor. Con unos escasos diez minutos de recorrido, desde la estación, ahí estaba asomándose entre la abundante arboleda. Se divisaban los techos rojos, de una enorme casona, en parte, estaban cubiertos con enredaderas que alcanzaban los balcones trepando por las paredes. Al frente de la propiedad había un oxidado portón de rejas, que permanecía atado con una cadena. La mayor parte de la residencia, estaba oculta por una frondosa vegetación. Sor Inés estacionó su camioneta junto al portón y le indicó a la muchacha.

- Aquí es. Sólo tienes que desenroscar la cadena y empujar la reja. Ese camino te lleva directo hasta la casa.

Con recelo y preocupada, Jacqueline, comentó mientras descendía de la camioneta.

 - Parece demasiado solitario y abandonado.

- No está abandonado. Soy amiga de la ama de llaves se llama Teresa, ella te recibirá. No te preocupes. ¡Adiós  Jacqueline!

-Adiós, Sor Inés. Muchas gracias- saludó, intentado disimular sus nervios.

La monja arrancó con esfuerzo nuevamente, la ruidosa camioneta dio vuelta a la izquierda y se alejó dejando un rastro de humo. La jovencita quedó frente a la reja, acompañada por sus pensamientos, que se ensombrecían de saber que debía caminar sola por el misterioso paraje.
-¿Vive alguien en este lugar? Esto parece una casa de cuentos de terror- murmuró Jacqueline.

El ruido de los ladridos de varios perros, le indicó que efectivamente vivía gente en el lugar. Porque de seguro alguien debía alimentarlos. Claro que también existía la posibilidad de que fuesen salvajes y  hubiesen armado una jauría. Y si ella invadía su territorio, la atacarían sin dudarlo.
 ¿Quién la ayudaría? ¿Quién escucharía sus gritos? No se veía a nadie. Solamente veía árboles y arbustos. Lamentó las botas con tacones, que había elegido. No iba a poder correr tan rápido si era necesario. Jacqueline la desenredó la gruesa cadena lentamente, y pudo cruzar. Camino al principio a paso lento. Los perros seguían ladrando, pero no aparecían.
-Seguramente están atados- pensó.
Todo un alivio por ahora, y animada siguió adelante. Fue haciendo a un lado, varias ramas de árboles que llegaban hasta el suelo.
Y finalmente, iluminada por el sol, apareció la gigantesca casa de estilo europeo. Sacudió las hojas que se enredaron en su pelo y subió los tres escalones de la entrada. Una vez frente a la puerta, dudó unos segundos.

- Ahora si que estoy sola- se  preocupó Jacqueline- Veamos: entrego la caja doy media vuelta y me voy. No entraré, que tal si después no puedo salir.

 Tocó el timbre. A pesar de sus temores no olvidaba su responsabilidad. Nadie abría. Tocó, otra vez y una vez más. Nada. Volvió a intentar. Varios minutos después, la puerta rechinó un poco. Muy despacio, fue apenas abierta y asomó su rostro, una mujer visiblemente malhumorada. La miró de arriba abajo, con los labios apretados. La mujer le dijo fríamente:

- ¿A quién busca señorita?

-A la señora Ester Molinari. Tengo algo, muy importante para entregarle.

Remarcó la palabra, importante. No quería que al verla tan joven, se negasen a recibir la caja que llevaba en su bolso. Pero la desagradable actitud de la empleada era inesperada. Obviamente, a juicio de la empleada, no era bienvenida. Seguía observándola en silencio. Jacqueline también estaba dejando de lado sus buenos modales. No le dirigía ni una sonrisa a la mujer. Las dos entablaron un duelo de miradas. ¿Por qué la miraba así? No estaba ahí con intención de molestar. Por fin, entre dientes, el ama de llaves exclamó.

-Espere un momento.

 Y la puerta se cerró bruscamente. Con un seco y fuerte golpe. Jacqueline atónita y poco acostumbrada a ese tipo de recibimientos, sintió la  indignación recorrer su espalda y agitar su torrente sanguíneo.  ¡Cómo le cerraban, la puerta en la cara!, y ¡con un portazo!
 Jacqueline detestaba el maltrato de cualquier tipo. Encima tuvo que esperar otro largo rato afuera de la casa. Ya planeaba cantarle cuatro frescas, a la estirada ama de llaves cuando regresara.

-Estas personas con mucho dinero. Creen que todos venimos a pedir o vender algo-meditaba ofuscada.

El cantar de los pájaros, ayudó un poco, a relajarla. No podía oír el canto de las aves en  la ciudad donde vivía. Los automóviles era el único sonido que predominaba apagando las voces de la naturaleza. Mientras seguía esperando en la entrada, observó el gran jardín que rodeaba la casa.

-No puedo negar que el lugar es hermoso, pero está muy descuidado. Es increíble que haya tantos árboles enormes- comentó para si misma en voz alta.

Ya cansada de esperar, se dispuso a tocar nuevamente el timbre, cuando de pronto, apareció  el ama de llaves, y esta vez,  abriendo completamente la puerta,  la invitó a entrar.

- Pase- Le dijo con el mismo tono agrio y sin agregar otro comentario

 Jacqueline ingresó a la mansión molesta por el recibimiento. Por esa razón, descartó  su  primera idea de entregar la  caja y marcharse enseguida. Cruzó el umbral con la frente en alto. Bueno, después de todo no siempre podría conocer por dentro una casa de esa clase. Y no quería sentirse inferior frente a la estirada mujer. Además, no era la persona a quién  debía entregarle la caja.

La mansión era realmente fastuosa e impresionante, se asemejaba mucho a un museo. En el centro del recibidor destacaba una amplia escalera, alfombrada de rojo que conducía el segundo piso. Desde abajo se veía como se dividía la planta alta en tres largos pasillos. Las enormes ventanas permanecían tapadas por gruesos cortinados. Muy poca era la luz que entraba. Jacqueline tenia miedo de tropezar, se guiaba por el sonido del eco de los pasos de la mucama. Las dos mujeres caminaron por la planta baja poblando el silencio, con el sonido de sus pasos. El ama de llaves la guió, hasta un amplio salón donde el ambiente le pareció de ensueño para la jovencita.
 Había enormes cuadros, lámparas antiguas; estatuas; una variedad de jarrones, ubicados sobre  mesas de madera finamente talladas; pequeñas esculturas orientales; una chimenea  y hasta un enorme piano de cola. Todo iluminado por dos grandes lámparas de pie, pero a pesar de la escasa luz,  se percibía claramente el esplendor de las obras de arte que se encontraban dentro del salón.
Con el mismo tono cortante que la había recibido, la mujer, anunció:

-Señora Molinari desean hablar con usted. Es una jovencita que dice venir de la capital.

La muchacha  poco conocía de protocolo y deseaba acelerar su tarea. Se presentó tímidamente.

- Me llamo Jacqueline Brunel...ha sido contratado un servicio especial de correo, para que se trajera esta caja -la visitante acompañó sus palabras sacando rápidamente de su cartera, una pequeña caja envuelta en papel marrón.

- Y fuese entregada a la señora Ester Molinari.




Continuará...


Mensajes para un gran amor (2010) Argentina
Autor: Adriana Cloudy 
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